¿Su perro no muerde?

Recientemente he notado la propagación de una costumbre extranjera que atenta contra la elegante afición mexicana del coleccionismo de perros en la azotea: se trata de algo llamado paseo y consiste en caminar con los perros por la ciudad. Esta moda es tan ajena a nuestros usos que el mexicano promedio ignora todavía cómo debe reaccionar ante el espectáculo de un hombre caminando a lado de una bestia. Por ello quiero dejar aquí un aviso para caminantes desprevenidos. No espere el lector recomendaciones del tipo “tire con fuerza de la correa pero evite asfixiar a su mascota” o “aléjese de animales que padezcan rabia, sarna, roña” —sugerencias que, por otra parte, no estaría mal considerar—; este es un aviso meramente descriptivo que busca dar noticia de los peligros con los que a buen seguro el caminante se enfrentará.

Una de las amenazas más comunes e irritantes se presenta, normalmente por las mañanas, bajo la forma de una señora con bolsa polícroma para el mandado y cara de compunción. ¿Qué le angustia a esa dama? Nadie lo sabe. Apenas divisa esta señora a los paseantes comienza a alterarse, voltea a todas partes buscando ayuda, aprieta con fuerza su bolsa —a la que considera un arma blanca— y hace muecas de terror, pero eso sí, no modifica su dirección un solo centímetro. Cuando ocurre lo inevitable; es decir, cuando la señora y el paseante con su perro pasan lado a lado, ésta pregunta petrificada por el miedo:

—¿Su perro no muerde?

La inutilidad de la cuestión a esas alturas del encuentro es obvia. Si pensamos que en México mueren alrededor de cinco personas al año por ataques de perros y más 250 mil son asesinadas por otros humanos, más valdría preguntarle a esa misma señora si no es ella la que muerde. Algunos paseantes avezados, acompañados de perros igualmente diestros, hacen de la amenaza un deporte y de la pregunta una oportunidad para torturar a las incautas: disfrutan aflojar la correa para que los animales puedan olfatear, lamer y hasta ofrecer la patita a las señoras, quienes quedan a media banqueta en estado catatónico. Yo no lo recomiendo, pero tampoco lo censuro.

En contraposición a este tipo de personajes, se encuentran otra clase de señoras, por lo regular más jóvenes y definitivamente más audaces, las cuales pueden ser reconocidas por andar vestidas como para una clase de yoga; esto es, por no tener pudor de salir a la calle en pijama. Se trata de mujeres liberales, adineradas por lo común, que caminan en compañía de sus hijos pequeños —a veces también con la ayuda de correas mucho más primitivas que las que existen para perros— y que ante la presencia de un can no pueden evitar acercar a sus vástagos.

—¿Su perro no muerde? —preguntan, y apenas han escuchado el “no” ya tienen a sus hijos a unos centímetros de las fauces del perro y empiezan a repetir con voz atiplada:

—¡Mira un gua-guá, mira un gua-guá!.

Lo que sucede a continuación es que el niño, por supuesto, rompe en llanto; el perro se pone nervioso y comienza a ladrar; la mujer no advierte nada de lo que sucede a su alrededor; el niño llora más agudo; el perro ladra más fuerte y el dueño reza para que nadie muerda a nadie, hasta que, después de unos agonizantes segundos, la mujer sale de su estado hipnótico, toma a su hijo en brazos y se aleja consolándolo dodecafónicamente:

—¡Era un gua-guá, era un gua-guá!.

Un personaje particularmente temible para los paseantes de perros es el galán callejero. Escuchar a la distancia un murmullo de música electrónica o raegetón es señal fatídica de que un galán callejero anda cerca. La galanura no distingue gustos ni clases sociales y como sabemos tampoco es una cuestión de belleza sino de actitud. Ante la carencia de un genotipo específico de galán, al paseante de perros le es  posible reconocerlos porque acostumbran estar recostados sobre cualquier tipo de “mobiliario” urbano mascando chicle, fumando un cigarro o escarbándose los dientes, acompañados de una bella señorita. Cuando uno de estos tipos mira a un perro, de inmediato tiene que llamarlo con un chiflido y un chasquido de dedos. ¿Para qué? Es un misterio. Incluso los galanes mismos desconocen el origen de esa reacción. “Es una cuestión atávica” dicen, si uno les pregunta sus motivos. La ignorancia de sus propias motivaciones se hace evidente cuando algún perro logra liberarse de las manos de un dueño distraído y acude al llamado del galán; en ese instante, éste deja de chiflar y pregunta a gritos:

—¿Su perro no muerde? —Después de la respuesta negativa, el galán mira fijamente al animal y lo corre de un zapatazo.

(Dos notas curiosas sobre los galanes: 1) llaman exclusivamente a perros que van acompañados por sus dueños —hasta el día de hoy, no he visto a alguno que le chifle a un perro callejero— y 2) disfrutan en especial distraer a los perros cuando su dueño les pide que se queden quietos o cuando están por cruzar una avenida peligrosa).

Son muchos más los enemigos naturales de los perros y sus paseantes: niños con cohetes en mano y parejas acarameladas que impiden el libre tránsito; dependientes de tiendas de conveniencia que sacan sus bocinas a la calle y taqueros de oficio; mendicantes zoofilicos y señoras con camionetas más grandes de lo que pueden manejar, desfilantes patrios o religiosos y congresistas que añaden impuestos al alimento para mascotas, así como un largo etcétera que está de más enumerar porque, como en los casos mencionados, no son enemigos exclusivos de los perros sino de la sociedad en general. No obstante, entre la larga lista de posibles némesis no pueden quedarse sin mención, por su especial perversidad, los otros paseantes de perros.

Para que la cuña apriete debe ser del mismo palo. Cuando un par de paseantes se encuentran, sus almas se debaten entre dos pecados capitales: la soberbia o la envidia. En el primer caso perro y dueño caminan altaneros sin dirigir la mirada a sus símiles. Si el perro sabe una gracia o dos su dueño hará lo imposible para que éste las realice. Como la mayoría de los perros no obedecen ni un “estate quieto”, es recomendable para los paseantes soberbios seguirle la corriente a sus mascotas. Esto requiere cierta coordinación con el animal, pero es definitivamente más fácil que educarlo de verdad. El método es sencillo: el perro actúa y el dueño ordena. Es en ese orden, pero debe parecer simultáneo. Yo he sido testigo de personas muy bien sincronizadas que con voz militar instruyen: “Friski: orina ese árbol” o “Laika: molesta a esos niños”. Incluso, he llegado a ver a algún valiente ordenar con lágrimas en los ojos: “¡Rocky: a las llantas de ese camión!” Y a Rocky (QEPD) obedecer aparentemente al instante.

La envidia es peor que la soberbia y por eso hay que tener especial recelo de los paseantes envidiosos. Éstos no profesan amor por los perros sino por las razas. Son admiradores de los ejemplares que ven en portadas de revistas y en los comerciales de televisión. Por lo común, pertenecen al género masculino y pasean poodles o chihuahueños y, al parecer, esto los llena de una vergüenza no confesada. Cuando identifican cualquier otro perro que les parezca ligeramente exótico y más voluminoso que el suyo no pueden resistir la tentación de acercarse a preguntar con cierto morbo “¿dónde compró a su perro?”. Como los perros no son como un reloj o unos zapatos, la respuesta a esta duda suele ser más complicada de lo imaginable: “Lo traje de un criadero en Alaska” o “Lo encontré en el estacionamiento de la Central de Abastos” o “Es un perro policía retirado”. Ante la dificultad del hallazgo, el envidioso no puede resistirse al deseo irrefrenable de ofertar por el perro como si estuviera en un aparador. En ese momento el paseante no debe cegarse por la vanidad y debe dar espacio al terror. Mi recomendación es burda pero efectiva y consiste en salir corriendo sin mirar atrás, pues todo envidioso es primero un comprador y luego un secuestrador en potencia. Un encuentro de este tipo me basto para darme cuenta de ello: un hombre vestido como ganadero texano, arriba de una Ford del año, con un pekinés en el asiento del copiloto, comenzó a seguirme por la calle, a vuelta de rueda, muy interesado en una de mis perras:

—¿En cuánto me la vendes? —me preguntó como si trajera un letrero de oferta.

—No está a la venta, señor —le respondí tajante.

—¡Ora! Vamos a un cajero y te doy lo que me digas —me dijo no sin cierta lascivia y entonces aquellos comerciales del “mucho ojo” de mi infancia vinieron a mi mente. El hombre estaba decidido a llevársela y yo a no entregarla. Caminé más a prisa y entré en un callejón donde no cabía su camioneta. Pero el hombre se apeó y de un par de zancadas nos dio alcance. Se inclinó con ánimo de acariciar a la perro y, entonces, por alguna intervención divina, hizo la pregunta:

—¿Su perro no muerde?

Después de una pequeña pausa, confesé:

—Sí muerde, y bien cabrón. Ayer casi le arranca la mano a un pobre con pinta ganadero texano.

A veces, como en la vida, en los paseos la mejor salvaguarda es una mentira.

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