Hoy no circula

En la Ciudad de México se descubrió el concepto de ecología a comienzos de los noventa. Un día la capital amaneció como me imagino a Copenhague, pero llena de mexicanos. Los taxis que eran amarillos fueron pintados de verde, al igual que los microbuses, la extinta ruta cien y los trolebuses. También fueron pintados con vivos verdes y azules los puentes peatonales, las terminales de camiones, los botes de basura y, en fin, casi toda la infraestructura capitalina. De este modo, en un gran ejercicio de psicología del color, todos los espacios proclives a la acumulación de mierda y todos los artefactos que la generaban, adoptaron estos tonos verdiazules que automáticamente eliminaban cualquier sospecha de contaminación. Así, uno podía respirar con tranquilidad la estela de humo azuloso dejada por algún volkswagen que presumiera en ambas puertas el rótulo: “taxi ecológico”. Fueron los años, además, de la gasolina Magna Sin, de los Imecas, de los verificentros, de las contingencias ambientales [sic] y de la voz de Plácido Domingo todas las mañanas cantando en el radio “Verde será, verde será / porque mañana, al despertar. / Verde será…” ad nauseam. Pero fueron, sobre todo, los años en los que entró en vigor una medida gubernamental inusitada, acaso sólo imaginable en una distopía orweliana, fueron los años del Hoy no circula.

Ya en 1974, Ibargüengoitia había imaginado la medida de prohibir la circulación a los vehículos un día de la semana o los sábados y domingos para reducir el consumo de combustibles en la ciudad: “La solución está a la vista y es muy agradable. Todos los que tienen coche se van el viernes en la tarde a Cuernavaca, pasan el fin de semana haciendo carreras de coches y no vuelven a la ciudad hasta el lunes en la mañana, según sus urgencias”. Cuando el no circula entró en vigor la utopía ibargüengoitiana se vio incumplida, pues la gente en lugar de irse a Cuernavaca comenzó a comprase vochos. De súbito, se tenía un carro “bien” y un vocho para utilizar los días del no circula. Como consecuencia del incremento de vochos per cápita se perdieron cientos de miles de metros cuadrados de áreas verdes: cuadritos de jardín que terminaron en cochera. Finalmente, las familias que tenían un vocho por carro “bien”, se vieron obligados que utilizar el transporte público y cuidarse de no ser atropellados por un vocho. Ese fue mi caso, al cual debemos sumar el hecho de vivía en la frontera entre el DF y el Estado de México.

Mi papá tenía un Datsun blanco de dos puertas que hoy sería objeto de nostalgias, pero que en aquel entonces era más bien una carcacha. Aquel auto que tuvo sus años dorados, interiores deportivos forrados en piel color azul petróleo, pero ya entrados los noventa se convirtió en motivo de infamias y persecuciones. En plena época ecológica y de verificaciones vehiculares, el Datsun soltaba unas bocanadas de humo casi morado capaces de provocar un cáncer fulminante. Recuerdo una mañana en que mi papá me dijo muy serio: “Acuérdate que tú eres mi copiloto, eh”. Halagado le pregunté: “¿Y qué hace un copiloto?”. “Avisa cuando ve a un tránsito”, respondió. Como fuera, el Datsun nos llevaba y nos traía, hasta que un día amaneció con una calcomanía rosa en el parabrisas y dejó de circular los martes.

Mi papá era director de una secundaría en Atzcapotzalco, y yo estudiaba en la primaria anexa. Así que todos los días salíamos a las 7 de la mañana para llegar rayando las 8. Esta rutina se desvaneció con la llegada del Hoy no circula y los martes se convirtieron en un día singular. Salíamos con un frío todavía nocturno a tomar un microbús en la esquina de la casa, que nos llevaba hasta la estación del metro Rosario. Ahí, como si la ciudad tuviera consciencia de sí misma el ritmo de las cosas cambiaba. Nos apeábamos tranquilos del microbús mexiquense y apenas tocábamos un palmo del asfalto defeño comenzábamos a caminar como alma que lleva el diablo. Subíamos unas escaleras enormes, atravesábamos un puente peatonal eterno y nos internábamos en las instalaciones del metro, junto con miles de tipos tan apresurados como nosotros. Yo recuerdo que no importaba cuánto corriéramos, cuanto más temprano saliéramos o que atajo tomáramos, los pasillos del metro siempre estaban atestados al igual que los vagones. Una suerte de civilidad extraña debe invadir a los mexicanos en el metro porque durante los dos años que hicimos este recorrido no recuerdo haber sido atropellado, insultado o manoseado por nadie —cosas que me han pasado en lugares que uno consideraría menos inmorales.

Supongo que por la prisa con que la recorríamos no conservo ninguna impresión de la estación del Rosario, que no sea su enormidad. En cambio, tengo el recuerdo muy nítido de la de Refinería que era donde nos bajábamos ya con menos apuros. Esta estación, junto con la de Aquiles Serdán, Camarones y algunas otras de la línea naranja, debe ser una de las más profundas y solitarias de todo el sistema. No recuerdo si serían cuatro o cinco pisos de profundidad pero cuando por alguna razón inexplicable –quizá por programas secretos contra la diabetes y la obesidad– no servían las escaleras eléctricas, el ascenso por las fijas era vertiginoso. A veces las subíamos corriendo, lo cual me hace pensar que los niños somos incansables y que mi papá tenía una excelente condición física —no hereditaria por cierto. Un proyecto inacabado que tenía con él era el de contar los escalones. No sé si alguna vez realmente lo hicimos pero por mi mente cruza el número capicúa 242.

Esta estación remata con un domo enorme, al estilo de Félix Candela, que produce una eco extraordinario. Un día mi papá me contó la historia de la ninfa y me pidió que gritara “eco”. Lo hice y escuché mi voz multiplicada que ascendía hasta lo más alto y se desvanecía. Durante muchos meses pensé que sólo esa palabra se respondía, como un vocablo mágico. Imaginarán mi decepción el día que mi papá se golpeó en la espinilla contra un escalón y el vocablo “chingadamadre” se vio multiplicado.

Afuera de la estación tomábamos otro microbús, en el cual solíamos irnos colgando como en un juego  de feria pero con más gritos y empujones. Y es que la civilidad subterránea del capitalino desaparece en la superficie. Ya en la “unidad” varios nos reconocíamos por el uniforme. Entre los amasijos de piernas los niños nos saludábamos con un “quiubo” que se filtraba entre el portafolio de algún oficinista y el protuberante culo de alguna señora. A veces, nos encontrábamos ahí a los maestros que saludaban cordiales a mi papá, quien trataba de regresarles el gesto mientras se agarraba con uñas y dientes del marco de la puerta del Dina para cumplir con dos funciones: no salir volando y hacer las veces de cadena humana que contuviera a la pequeña masa de pasajeros.

Para el momento en que llegábamos a la escuela, yo sentía que había transcurrido ya la mitad del día o por lo menos habían pasado sus emociones más fuertes. El regreso lo recuerdo siempre más apacible entre pasajeros en duermevela por el calor y los olores rancios de la tarde. El resto de la semana, cuando el Datsun  circulaba, la ida a la escuela transcurría entre aquella canción de Plácido Domingo, y la espera por la llegada del próximo martes.

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