Dummies para dummies

Lobsang Castañeda, en un ensayo dedicado a la bibliolatría, nos da noticia de un padecimiento, reconocido desde principios del siglo XVII, descrito como un “desorden psicológico que denunciaba el estado de estupor y dependencia que era capaz de producir en ciertos individuos la lectura de determinados libros”. Ejemplos célebres de dicho desorden son Alonso Quijano y Emma Bovary, ambos víctimas de la lectura frenética de las ficciones de su tiempo. Sin embargo, aún en estos tiempos en apariencia menos inocentes es evidente que esta forma de lectura continúa causando estragos. Quizás no son ya los libros de ficción los que secan el cerebro a los habitantes del siglo XXI sino sus supuestos contrarios, los pomposa y ambiguamente llamados libros de no-ficción. Pienso específicamente en los títulos, que a falta de una mejor taxonomía, podríamos llamar de superación personal. Libros que nos explican cómo amasar una fortuna en 28 días y libros que nos ofrecen consuelo para cuando hayamos dispendiado esa misma riqueza; libros que enseñan a las señoritas cómo conseguir al hombre de sus sueños y libros que muestran a los varones cómo deshacerse de la mujer en turno; libros que nos cuentan la historia del monje que vendió su Ferrari y libros que nos dicen cómo lo recuperó por la mitad de su precio, etcétera. Aunque la materia es extensa quiero limitarme aquí a hablar de mi experiencia personal con este tipo de literatura y dar testimonio de los trastornos producidos en sus lectores.

Mi primer contacto con uno de estos libros se lo debo a la señora Beatriz Ayala, mi profesora de español durante segundo de secundaria, quien puso en mis manos dos clásicos de la época: Juventud en éxtasis y Volar sobre el pantano. En ese entonces, como ahora,  yo no tenía ninguna clase de gusto literario, pero supe de inmediato que ese tipo de literatura no era para mí. ¿Cómo podía congeniar con un autor que censuraba todos mis deseos? Beber, entregarse a la vagancia y embarazar adolescentes (sin dar la cara después)  son las aspiraciones secretas de cualquier joven de 14 años —¿cierto?—. Me prometí no volver a hojear  algo semejante y fue entonces cuando comencé a preguntarme quién era capaz de soportar a escritores como ese. Esta pregunta maduró en mí y con el paso de los años terminé por desarrollar tres hipótesis que por separado o en su conjunto explicaban el fenómeno de la venta libros de superación personal; de acuerdo a este sistema los compradores eran: 1) profesoras de segundo de secundaria; 2) personas que compran sus muebles en paquete: un reposet, un sillón, una mesa de centro y un incómodo librero que hay que llenar con lo que sea y 3) lectores puros; es decir, personas que disfrutan la lectura por sí misma, y por ello prefieren contenidos que no los distraigan del placer de leer por leer —esta clase de lectores, por cierto, también tiene predilección por las revistas académicas, los libros de teoría literaria y los informes de gobierno.

Estas explicaciones me bastaron por cierto tiempo, durante el cual no tuve contacto con muchos lectores de superación, pues había entrado a la Facultad de Filosofía y Letras, donde no es que estos libros no se lean, sino que se leen en secreto y con el extraño placer que acompaña a la culpa. Fue hasta que salí de esa delgada burbuja que me reencontré con un caso grave de lo que los psiquiatras deberían llamar Síndrome de Osho. Se trataba de la encargada de recursos humanos del Departamento de Cultura donde recién me habían contratado, la licenciada Antonia Pérez, quien poseía una soberbia colección de títulos de superación personal. Al contrario de lo que señalaban mis hipótesis, la licenciada no sólo leía estos libros sino que lo hacía con un rigor exegético digno de un doctor medioeval. Un lunes a las ocho de la mañana el maestro de ajedrez Jorge Castillo y un servidor nos presentamos con la licenciada para recibir un pequeño curso antes de comenzar nuestro primer día de trabajo. La licenciada nos dijo:

—Tengo preparada una presentación para estas inducciones, pero en su lugar quisiera hablarles de un programa muy interesante para aplicar este semestre: se trata del Progrece (Programa de Eficacia, Eficiencia, Calidad y Calidez para Emprendedores) de Jerry Goodman ¿Qué les parece?

Como en realidad no teníamos opción dijimos: —Sí, claro. Adelante.

La licenciada nos explicó en qué consistían las 12 etapas del programa y cómo a ella le habían ayudado a sacar adelante un pequeño negocio de venta de medicamentos para adelgazar (sin necesidad de receta). Dos horas después, cuando por fin dio por terminada a su exposición no sabíamos si nos quería vender un paquete del mentado programa o unos frascos de pastillas para bajar tres tallas en una semana, lo único claro era que el negocio de las pastillas parecía algo ilegal y que nada de lo dicho tenía que ver con nuestros respectivos trabajos. El maestro Castillo —hombre de edad avanzada y poco familiarizado con este tipo de mal llamadas dinámicas— pasó del hastío a la cólera y cometió el grave error de contradecir a una víctima del Síndrome de Osho en estado avanzado. He olvidado los detalles de la discusión, pero recuerdo con claridad cómo concluyó: el maestro, mano en el mentón, mirada en lontananza, dijo, filosófico:

—¿No cree que a final de cuentas el dinero no lo es todo?

—Por supuesto que no lo es todo. Para Goodman es un error común creer que el dinero es importante: lo que importa son las ganancias —respondió la licenciada con una sonrisa enorme.

Otro caso que viví de cerca fue el de un amigo al que llamaré Amigo N, quien es un joven noble y simpático pero feo como pegarle a Cristo. Cansado de su escasa fortuna en el amor comenzó a leer un libro intitulado Hazlas tuyas! [sic], el cual proporciona a sus lectores las claves para hacer tantas conquistas amorosas como deseen. Como ocurre con todos los libros, mi amigo tenía dudas sobre el sentido de algunos pasajes; como no ocurre con casi ningún libro, Hazlas tuyas! incluía una tarjeta de contacto y un cupón de descuento para contratar los servicios del autor: Christian Alejandro Peña, Couch en Relaciones Personales e Imagen Pública. (¡Cuántos problemas se ahorraría la historiografía literaria si todos los escritores fueran tan generosos!). Así, mi amigo y Christian Alejandro se pusieron a trabajar juntos en lo que se conoce como Personal Couching. Su estrategia didáctica, en resumen, era visitar bares: mi amigo se aproximaba a una mujer y trataba de seducirla; fallaba en todos sus intentos y, entonces, Christian Alejandro le mostraba el modo correcto de hacer las cosas: se acercaba a la mujer, le invitaba un par de Marsex Stollich, se la llevaba y, al final, mi amigo aprendía una valiosa lección y pagaba los tragos de los tres. Como podrán imaginarse no pudo sostener este ritmo de vida por mucho tiempo, así que tuvo que prescindir de los generosos servicios de su coach y lanzarse a la aventura solitaria de ser un casanova. Por fortuna antropológica me tocó ser testigo de ese proceso de emancipación al mismo tiempo formativo y formador:

—Mira, Anuar, las mujeres no quieren dinero ni güeyes mamados. Las mujeres quieren seguridad, confianza y asertividad —me decía como quien recita el Corán.

—¿Cómo es eso?

—Por ejemplo: entras a un bar, ves a una chava que te gusta y ella te regresa la mirada. ¿Tú qué haces?

—No sé, yo creo que…

—¡Dudaste! ¿Ves? Ese es el problema. Tienes que proyectar tu energía segura, confiada y asertiva; verla directamente a los ojos, acercarte y hablarle de inmediato.

—¿Y si se molesta cuando me acerco?

—Sigue proyectando tu energía. Estamos condicionados a pensar que las mujeres nos hacen un favor cuando tienen sexo con nosotros y no es así, la mujer promedio disfruta 68% más el sexo que los hombres y, de hecho, a diferencia tuya o mía, ellas tienen un órgano exclusivo para sentir placer. Sólo que poner atención a sus signos de excitación.

En ese momento yo tenía serias dudas sobre el concepto de mujer de mi amigo, pero sólo pude decirle: —Órale, ¿cuáles signos?

—Si sonríe, está excitada; si mira tu boca, está excitada; si juega con su cabello: está excitada; si se toca las muñecas: está excitada; si inclina el cuerpo hacía adelante: está excitada; si te mira a los ojos: está excitada; si acaricia lo que traiga en la mano: está excitada. Son más de 999 gestos con los que puedes adivinar que está excitada.

Como yo soy un pesimista nato, tuve que preguntarle: —¿Y cuáles indican que no está excitada?

—Eso no viene en el libro —concluyó satisfecho.

Después de eso le perdí la pista por un tiempo, pero hace poco recibí buenas noticias de parte de un amigo en común: después de varios meses en los juzgados se había declarado improcedente una de las tres demandas por acoso sexual que tiene en su contra.

No menos ejemplar es el caso que me contó mi amigo Xalbador García. Se trata de una mujer que principios de 2012 comenzó a leer libros sobre las profecías mayas y cómo sobrevivir a la  hecatombe. Cuando llegó el verano, estaba convencida de que un diluvio acabaría con el mundo el 12 de diciembre de ese  año y que sólo se salvarían de morir ahogados los habitantes de Yucatán. Durante los meses que le quedaban de vida se dedicó a tomar clases de náhuatl —porque no encontró quien se las diera de maya— y a llevar una dieta rigurosa de panuchos, sopa de lima y pan de cazón. En noviembre vendió todo lo que tenía de valor y con ese dinero se mudó a un cuartito de huéspedes en Mérida. Así pasó lo que ella suponía sus últimos meses en el mundo. “¿Qué arrepentida se ha de haber dado el 13 de diciembre!” deben estar pensando. Pero no, en algunas ocasiones la superación personal recompensa a sus lectores fieles. Hoy es la célebre autora del best-seller: Se equivocaron los mayas. Cómo triunfar después del fin del mundo.

Finalmente, quiero hacer una revelación tan vergonzosa como necesaria y es que yo mismo he sido una más de las víctimas de los libros de superación personal. La primavera pasada leí con fruición y ciega fe a César Millán, el famoso encantador de perros. Al principio me aproximé al libro desde cierta altura intelectual, con una curiosidad no carente de petulancia, pero no tardé mucho en verme seducido por esa prosa tan elemental como persuasiva. Viví en carne propia algunos de los síntomas del lector de superación como aquella que consiste en llevar a la práctica, sin importar el contexto, los principios elementales propuestos por el libro en cuestión. En el caso de Millán estos principios se reducen a la proyección de “energía dominante” mediante la articulación de un “shhhh” que deje en claro a los animales quién es el “líder de la manada” —lo que sea que eso signifique. Luego pase a otra etapa, cuyos síntomas son difundir, bajo cualquier pretexto, las maravillosas revelaciones contenidas en el libro. Así, por ejemplo, cuando alguien en una reunión hacía algo impertinente yo lo miraba fijamente a los ojos, le daba una palmada en el lomo y le decía “shhh”. De inmediato le explicaba  al anfitrión que estaba proyectando mi energía dominante sobre sus invitados para disfrutar mejor la velada. Finalmente, sufrí un shock cuando la realidad se impuso a la teoría y comencé a ver mi vida como una suma de fracasos: “Nuca voy a ser como tú, César Millán” me decía. Los lectores de superación personal somos incapaces de ser críticos con los libros que nos tienen bajo su influjo y siempre habremos de creer que algo estamos haciendo mal. En lo personal, y aunque estoy superando este mal poco a poco, todavía creo que puedo perfeccionar mi “shhh” para que mis perros por fin me hagan caso. Mientras tanto soy el orgulloso dueño de dos perras que duermen en mi cama, se sientan en mi sillón y se comen mi comida mientras yo repito como loco “shhh, shhh, shhh” y me convenzo de que soy el exitoso líder de la manada.

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